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Segundas partes...

Quiza nunca fuesen buenas, pero ese segundo 'round' entre los turistas y Delhi fue, sin lugar a dudas, mejor que el primero. En su primera visita no habian visito mas que el mercado tibetano, por lo que, en esta ocasion, decidieron dejarse caer por zonas algo mas turisticas y concurridas. Sin embargo, todo se quedo en buenas intenciones y agua de borrajas, puesto que, finalmente, solo acudieron a uno de los principales mercados de la ciudad y poco mas. Alli, a pesar de que la presencia de gente era intensa, algo comun al resto del pais, no sintieron el agobio que recordaban. Los largos viajes, la estancia en Nepal, las paradas en los dabas, los dias en alerta para no acabar bajo las ruedas de un coche, o bajo los pies del tumulto...todo parecia responder a una suerte de entrenamiento que, sin lugar a dudas, les fue imprescindible para disfrutar de unos dias apacibles en la capital India.

Regreso a Delhi

La capital india era el principal puerto de entrada de los turistas al pais. Para el visitante novel suponia un duro golpe observar la estampa tras salir del aeropuerto para tomar un taxi: el contraste respecto a su lugar de origen era brutal.

Sin embargo, ya no era su primera visita a Delhi. A pesar de que esperaba temoroso la vuelta a aquella inmensa ciudad, a los nudos viarios que rodeabana un urbanismo sin sentido de casas hacinadas, le resulto extranyamente familiar. El trafico seguia siendo horrible, el ruido insoportable, las aglomeraciones presentes en cualquier punto... pero perdian su impacto inicial, ya no resultaba novedoso, ya no se mostraba imponente.

Delhi de dia

A menudo la luz y la noche se asemejan a ropajes: un mismo lugar vestido de día, ataviado de luz, es completamente distinto cuando se viste de noche. Tras la llegada a Delhi, el amanecer, el mismo que despertaba al viajero, constituía una nueva indumentaria bajo la que aun no había visto a la ciudad. Las calles oscuras e intrigantes de Maj nuka tila (el campamento tibetano) eran un hervidero de vida desde primeras horas de la mañana. El corto trecho que separaba el hostal de la entrada al campamento, aquel que la noche anterior parecía extraído de una película de terror, mostraba un estampa diametralmente opuesta: los puestos comerciales se amontonaban a un lateral, mientras que en la otra banda bares y tiendas se alternaban en el continuo de la calle.

Arrivals

El contraste entre el lujoso avión, con sus televisores ofreciendo programación a la carta y videojuegos, menús diseñados por reconocidos chefs, azafatas pendientes hasta de la respiración del pasaje... contrasta con la escena que acontece al salir del aeropuerto de Nueva Delhi: gente hacinada, durmiendo en la calle, un caos circulatorio impropio para altas horas de la noche y un enjambre de taxistas a la caza del turista. El mismo contraste que siente el cuerpo, tras pasar unas horas en Bruselas, a 10 grados, y aterrizar en la capital india a casi 30. La pituitaria se atolondra. Las últimas briznas de aire antes de abandonar el asiento estaban impregnadas por las partículas del perfume que las azafatas esparcían por la aeronave. El repentino cambio, esa suerte de colonia en la que se entremezclan el hedor de las heces con el humo de los coches, cocinados lentamente por el bochorno de la ciudad, que los acentúa, que les confiere mayor intensidad, invade las fosas nasales. El olfato se rinde, se resgina.