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Arrivals

El contraste entre el lujoso avión, con sus televisores ofreciendo programación a la carta y videojuegos, menús diseñados por reconocidos chefs, azafatas pendientes hasta de la respiración del pasaje... contrasta con la escena que acontece al salir del aeropuerto de Nueva Delhi: gente hacinada, durmiendo en la calle, un caos circulatorio impropio para altas horas de la noche y un enjambre de taxistas a la caza del turista. El mismo contraste que siente el cuerpo, tras pasar unas horas en Bruselas, a 10 grados, y aterrizar en la capital india a casi 30. La pituitaria se atolondra. Las últimas briznas de aire antes de abandonar el asiento estaban impregnadas por las partículas del perfume que las azafatas esparcían por la aeronave. El repentino cambio, esa suerte de colonia en la que se entremezclan el hedor de las heces con el humo de los coches, cocinados lentamente por el bochorno de la ciudad, que los acentúa, que les confiere mayor intensidad, invade las fosas nasales. El olfato se rinde, se resgina.